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miércoles, 28 de marzo de 2018

Santi Vila: "De héroes y traidores".

Este libro representa un oasis en el centro de un circo enloquecido.

Santi Vila fue conseller en el Govern de Catalunya durante unos cuantos años. Dimitió de su cargo la tarde del 26 de Septiembre de 2017, tras ver con impotencia como la décima ventana de oportunidad para enderezar el procés era también ignorada.

Fue alcalde de Figueres y buen amigo, evidentemente, de Carles Puigdemont, que fue alcalde de Girona hasta convertirse, tras un rocambolesco episodio que arrumbó a Artur Mas al almacén de la historia, en President de la Generalitat, tras los idus de marzo de primeros de Enero de 2016.

Es conocida su adscripción a Convergencia y su perfil de político moderado. Pero en este libro demuestra que, además, es capaz de mantener una mirada sensata y lúcida sobre la realidad, incluso cuando esta se convierte en el ojo de un huracán incontrolable.

No soy muy aficionado, en general, a los libros escritos por políticos. Unos son simples libelos, escritos quién sabe por quién, de prisa y corriendo, para aprovechar el tirón de la actualidad. Y otros son Libros de Memorias, más pensados como justificación propia y como fuente bibliográfica de los historiadores del futuro, que como libro de lectura continuada. Pero "De héroes y traidores" es otra cosa. Se trata más bien de recoger el pús que supuran las heridas y convertirlas en palabras dotadas de un buen sentido.

Santi Vila no va contra nadie, pero deja bastante claro el papel que cada cual ha jugado en un melodrama que no hizo más que irse deteriorando hasta convertirse en tragedia. Y pone en este libro, negro sobre blanco, todo lo que seguramente él siempre supo, pero los demás sólo intuíamos de vez en cuando.

En la primera parte, describe los hechos que son más o menos conocidos por todos, a través de los medios de comunicación, sólo que con una mirada mucho más interior, no accesible para los ciudadanos comunes, que convierte a los personajes en personas humanas y que proporciona algunas claves que no siempre fueron bien visibles.

La segunda parte del libro resulta especialmente pedagógica, y arroja luz sobre un político español y catalán que, por su moderación, sensatez y lucidez podría hacer un maravilloso papel algún día como Presidente del Gobierno de España. Llamadme idealista ingenuo, que lo soy.

Primero repasa los diez grandes errores cometidos durante todo este tiempo por los dos bandos a partes iguales. De entre los cometidos por el Gobierno Rajoy, la mayoría son más o menos conocidos ya por los que han seguido con atención y afán crítico la actualidad de estos tiempos. Pero yo destacaría el quinto, que denota una capacidad superior de abstracción del autor: España no es cool.

De los errores cometidos por el soberanismo, algunos los puede intuir cualquier lector informado. Pero yo destacaría el primero, algo más sutil: la marginación de la política profesional. Este hecho provocó que la agenda política dejara de estar en poder de los legítimos representantes del pueblo catalán, para ser controlada por asociaciones ciudadanas y otras fuerzas. Este error se sublimó al constituir las listas de la candidatura unitaria JuntsxSi, trufada de personas de la sociedad civil, que relegó a muchos políticos a puestos irrelevantes, o directamente a ser extraparlamentarios.

Santi Vila identifica a continuación hasta diez ventanas de oportunidad, entre 2015 y 2017, en que una decisión diferente de la que finalmente se tomó podría haber reencauzado al procés por unas vías razonables y realistas. Pero, una tras otra, se fueron desperdiciando. Cuenta que, tras cada uno de estos fiascos, tuvo la tentación de dimitir, pero aguantó confiando en la siguiente. Hasta que la caída por el barranco ya resultó inevitable, tras echar a perder la que se presentó en la madrugada del 26 de Octubre. Puigdemont, con algunas reticencias de algunos de sus próximos, había decidido que ya había cumplido su misión de llevar a Catalunya a la preindependencia, y que lo que tocaba era convocar elecciones.

De haberlo hecho, se hubiera evitado casi con seguridad la aplicación del artículo 155 y hubiera sido un punto y aparte, para que todo el mundo pudiera reflexionar con alguna calma. Pero, especialmente desde entornos de ERC y de la CUP, tanto la voz de la calle como las redes sociales empezaron a vomitar su bilis contra quien había sido su héroe hasta quince minutos antes. Los estudiantes gritaban en la Plaça de Sant Jaume "botifler" y "traidor", epítetos dirigidos a Puigdemont. Y Twitter vomitó su peor basura insultante contra el MHP. De todos ellos se recuerda el de Gabriel Rufián: "155 monedas de plata" que en sólo cuatro palabras, llamaba traidor (como Judas) a Puigdemont y además le acusaba de ceder a la presión de que el Gobierno de España pudiera aplicar el 155.

Al final, Puigdemont tomó una decisión y prefirió quedarse con los suyos aun estando equivocado, antes que tener razón pero quedarse solo.

Finalmente, la tarde del 27 de Octubre, el Parlament declaró constituida, sin mayor liturgia, la República Catalana. Pero el entusiasmo solo lo puso la calle, porque la cara de los políticos era de una profunda preocupación. Creo que sabían que acababan de vadear el último río, más allá del cual no queda sino el 155, y la negrura, y la cárcel y el exilio.

La tarde del 26 de Octubre, viendo cómo la última ventana se cerraba definitivamente, Santi Vila dimitió y se fue a su casa.

El último capítulo lo dedica a una cierta prospectiva, para identificar por dónde y cómo pueden venir las soluciones a este problema. La verdad, he visto muchas reflexiones suyas que me gustaría oír de boca de algún político de ámbito estatal.

Y en las últimas páginas cuenta lo que va a ser su vida a partir de ahora. Que se ha reincorporado a la actividad privada, como gerente de una empresa centenaria de la zona de Banyoles (Girona), la que siempre ha sido su terreta. Y su pareja, Javier, ya puede descansar mejor, lejos de los muchos sobresaltos que se llevó mientras Santi estuvo en la política activa. Por cierto, Santi Vila no se manifiesta en absoluto sobre si la política activa podría estar de vuelta en algún lugar de su futuro personal.

Hay que agradecerle a Santi Vila el tono exquisito con el que cuenta los acontecimientos y las cosas, porque nadie puede sentirse herido ni señalado por algún dedo acusador. Sólo le motiva el hecho de conseguir que sus lectores puedan entender una realidad tan compleja, como demuestra él mismo que comprende.

También le ayuda al lector a discernir si una cierta decisión que alguien tome en los próximos tiempos puede ser o no un camino de salida o de futuro.

Este libro ha sido publicado en versión original en castellano (la verdad, me resultó curioso) por Península, y en versión traducida al catalán por Pòrtic.

Yo creo que este libro debería leerlo todo español que tenga interés y curiosidad por saber lo que pasa en su país y por qué. Es válido tanto para los nacionalistas del "a por ellos" como para los indepes irredentos de "prensa española, manipuladora", así como para la infinita gama de mediopensionistas. Los extremistas, de uno u otro bando, es posible que en algún momento de la lectura deban dominar una ira irrefrenable que les llevaría a arrancar algunas páginas del libro. Si lo consiguen, y prosiguen la lectura con ánimo de entender, con seguridad habrán aprendido muchas cosas al terminarlo.

JMBA

martes, 20 de marzo de 2018

Calçotada 2018 - Alcalá de Henares



P R E F A C I O

Dicen que le preguntaron una vez a Gabriel García Márquez, ese genial escritor colombiano que fue capaz de imaginar un mundo tan temprano que las cosas todavía no tenían nombre, "Maestro, usted ¿por qué escribe?". Su respuesta fue simple, pero certera: "Para que me quieran".

Llevo ya unos cuantos años asistiendo con entusiasmo a las Calçotades que se organizan en Alcalá de Henares, como desarrollo gastronómico del hermanamiento Complutum-Tarraco. Isidre Papiol, el alma mater de esta (y muchas otras) iniciativas, sabiendo que yo tenía un blog personal en el que solía publicar lo que me apetecía, me nombró reportero de guardia. Desde entonces vengo publicando una crónica ilustrada tras cada Calçotada que se celebra. Incluso la publiqué un año en el que, por diversos motivos, me resultó imposible asistir.

Sé que muchos de los asistentes habituales leen mi crónica y, por lo que me cuentan algunos, hasta la esperan tras cada celebración. Lo sé, pero no me consta.

Un lector anónimo sólo deja tras de sí una cifra estadística. Para darle un poco de alma a esa realidad tecnológica, al final de cada publicación en mi blog hay un apartado de Comentarios, que os invito a utilizar. No hace falta explayarse si no se desea. Y se recibe con la misma ilusión (quizá no con los mismos efectos), un "Gracias" que un "No tienes ni p... idea".

Porque si algo odia realmente el Artista (permitidme esta licencia) es resultar indiferente.

Es por ello que te invito, lector anónimo, a que publiques un comentario en la sección pensada para ello. Vence tu pudor o tu miedo conspiranoico al Gran Hermano, y publica un comentario, por breve y sintético que pueda ser. O añade algún detalle que a mí se me pueda haber pasado por alto, que ello no me hiere, sino que me complementa.

Resulta imprescindible no ya para saber si estas Crónicas son necesarias, sino tan sólo para verificar si son bienvenidas.




* * *



Este año, la Calçotada, que tradicionalmente se celebra en esa frontera indecisa entre el invierno y la primavera, se planificó para el sábado 17 de Marzo, en el MOMO Sports Club de La Dehesa, en Alcalá de Henares.


El asado de los calçots, protegido por un cobertizo para evitar la lluvia.


Los alrededores estaban prácticamente inundados, por las abundantes
lluvias de los últimos días.


Se adivina mi orondo perfil entre el humo de los calçots.

Sólo hace un par de meses, los noticieros no cesaban de publicar noticias relacionadas con la pertinaz sequía que nos asediaba. Antiguos puentes romanos o viejas ermitas volvían a la superficie, debido al terrible descenso en el nivel de las aguas de nuestros pantanos.

Pero eso cambió, casi de repente, y dio paso a uno de los inviernos más lluviosos de los que tenemos recuerdo.

Las previsiones meteorológicas para el sábado 17 eran de todo menos alentadoras. La probabilidad de que lloviera ese día se movía en una estrecha horquilla entre el 80 y el 95%.

Afortunadamente, el Plan B existía y tuvo que convertirse en el Plan A. La Calçotada se preparó para que los comensales pudiéramos estar en el interior, al abrigo de las inclemencias meteorológicas. Y las brasas para asar los calçots se dispusieron bajo un cobertizo que las protegía de la más que probable lluvia. La profesionalidad del personal del MOMO se demostró una vez más.

El sábado amaneció, como no podía ser de otra manera, lluvioso. Estuvo lloviendo con cierta desgana hasta el mediodía. Luego paró y, ya por la tarde, tuvimos incluso el espectáculo inusual en las últimas semanas de un poquito de cielo azul y unos cálidos (bueno, benéficos) rayos de Sol.





El babero fue mano de santo para evitar llevarse lamparones a casa.


A los asistentes se les pidió que se inscribieran previamente, mediante la correspondiente transferencia del importe del Menú directamente al MOMO. Y también se intentó, con éxito, organizar las mesas por grupos de afinidad, para que los amigos y familiares pudieran comer juntos. La cita estaba definida para la una y media de la tarde, para empezar la degustación de calçots. La mayoría fuimos llegando a partir de la una, para recoger la tarjeta que nos daba derecho a los diferentes platos del menú, así como al sorteo final de obsequios.

Para empezar, hubo barra libre de aperitivos (vermú, cerveza,...). Y, durante toda la comida, autoservicio de agua, cerveza y vino. En todas las mesas había ya porrones con vino tinto Capvespre (D.O. Catalunya) de los Cellers Domenys, para el servicio de los comensales.

Aprovechando que tuve ocasión de visitar la región de Burdeos sólo un par de semanas antes, me permití la frivolité de aportar un BiB (Bag in Box) de vino tinto Le Petit Julia (AOC Haut Médoc). Me pareció relevante porque es la primera vez (a mi conocimiento) que un Château prestigioso de la denominación de origen Pauillac comercializa, por los mismos canales que el resto de sus vinos embotellados y bajo su nombre, un vino en este formato. Pudimos disfrutar de él los comensales de nuestra mesa y quien quiso probarlo. Château Julia comercializa vino tinto AOC Pauillac a 24-25€ (la botella de 75cl), y AOC Haut-Médoc a 12€. Le Petit Julia (28€ el BiB de 5 litros) resulta a 5,60€/l. y es un vino tinto 2015 que resulta suave y afrutado, muy agradable de beber.





Las manos se quedan negras tras trasegar un ratito con los calçots.



Aunque había también un Menú Infantil, el pensado para los adultos incluía, como de costumbre, el plato fuerte de una teja con 20 calçots asados, Denominación de Origen Valls. Para acompañar, una salsa romescu elaborada a partir de almendras y avellanas, con aceite de oliva virgen extra Vergerars, con Denominación de Origen Siurana. Cada comensal dispuso de un cuenco con esta salsa.

Por supuesto, hubo baberos para todos, traídos directamente desde Valls, como los propios calçots. Yo me considero bastante torpe y, además, mi prominente barriga aumenta mi exposición al desastre: me resulta casi imposible terminar una comida sin alguna mancha en la camisa. Gracias al babero, y a pesar de tratarse de una actividad de alto riesgo, pues el calçot impregnado de salsa romescu actúa de hisopo, conseguí terminar la sesión absolutamente impoluto.

La cocción de los calçots fue casi perfecta, y estaban calientes al llegar a la mesa, tras ser recogidos en el mostrador por cada comensal, o propio habilitado. Alguno resultó algo correoso (quizá demasiado crudo), y alguno salió algo anémico, de alma exigua. Pero la mayoría estuvieron absolutamente deliciosos.

Las manos negras, por culpa de la carbonilla que rodeaba al calçot, producto del asado, se corrigieron con las correspondientes visitas al lavabo, para abordar con propiedad la continuación del ágape.

El segundo plato, como es bastante habitual, consistió en un par de trozos de butifarra a la brasa, muy rica y todavía mejor si hubiera llegado a la mesa más caliente, acompañada de un puñado de mongetes (judías blancas), que recordaban demasiado al tradicional emplasto (acepción 2 de la RAE: componenda, arreglo desmañado y poco satisfactorio) del rancho cuartelero. La patata asada, que completaba el plato, estaba deliciosa, especialmente tras aliñarla con la salsa all-i-oli (ajo-y-aceite) disponible en todas las mesas. Salsa, por supuesto, también elaborada con el aceite de oliva virgen extra Vergerans.

Como postre, un trozo de pastel de nata con bizcocho y hojaldre, muy correcto, acompañado de una copa de cava, que permitió realizar los brindis finales, animados por Isidre Papiol y Vicente Fernández.

Isidre Papiol - alma mater - y Cristina del Río, fantástica organizadora.

Los baberos también procedían de Valls, como los propios calçots.

Algunas botellas del fabuloso aceite de oliva Vergerars fueron sorteadas
entre los asistentes al final del evento.



Isidre tomó la palabra para glosar la labor de Ana, quien durante años fue la organizadora y sufridora directa de estas Calçotades, y para animar a Cristina, que ha tomado el relevo este año, en su nueva labor. Cristina habló, con profunda emoción, de la gran amistad que le unía a Ana, y glosó los aspectos más destacados de su personalidad.

Hay que felicitar a Cristina por su excelente labor en la organización de un evento como este, de tanta complejidad.

Para finalizar, la historiadora María Jesús Vázquez Madruga diseñó algunas pinceladas de los destinos paralelos que, hace muchos siglos, corrieron las dos poblaciones de Complutum (Alcalá de Henares) y Tarraco (Tarragona).

A partir de las cuatro o cuatro y media, empezó a desfilar el personal, especialmente presionado por los más jóvenes, desbordados de obligaciones alternativas. Los que quisieron, incluso pudieron tomar un café o una copita en alguna de las mesas del exterior, ya que lució un poquito el Sol esa tarde.

Quedaron muchas ganas de volverse a reunir el próximo año para la siguiente edición de la Calçotada de Alcalá de Henares.

Aparte de las fotografías que he utilizado para ilustrar esta crónica, pòdéis ver también este vídeo, de poco más de tres minutos de duración, que he editado con las escenas más características de la jornada.


JMBA

martes, 13 de marzo de 2018

¿Quién puede matar a un niño?

En 1976, Narciso Ibáñez Serrador dirigió una película de terror con este título. Simplificando el argumento, una ficticia isla mediterránea está solo habitada por niños. Los adultos fueron exterminados por niños y niñas poseídos de una extraña enfermedad. Los niños se hicieron los dueños, ante la total pasividad de los adultos, porque ... ¿quién puede matar a un niño?.

Estos días, la opinión pública en España está consternada por los hechos acaecidos en una pedanía de Almería, que condujeron a la desaparición y muerte de un niño de tan solo 8 años de edad. Un niño querido y apreciado por todos los que le conocían. Bueno, por todos menos por una persona, por lo que parece.

Hemos ido conociendo la peripecia de Ana Julia estos últimos años, desde que llegó a España hace ya algo más de dos décadas. Una hija suya, de tan solo cuatro años de edad, que se trajo desde República Dominicana, se tiró por la ventana al patio de luces, desde un séptimo piso en Burgos, donde vivían entonces. Un acontecimiento sospechoso que, con las esperables reticencias, no hubo más remedio que archivar judicialmente, justificándolo como desgraciado accidente.

En esa época, Ana Julia se había casado con un burgalés siete años mayor que ella, y con quien ya tenía otra hija en común.

Al hilo de la publicidad dada a la desaparición de Gabriel, han aparecido otros testimonios que apuntan en la dirección de dibujar a Ana Julia como una persona absolutamente guiada por sus intereses personales, al margen de cualquier otro tipo de consideración. Otra mujer de Burgos asegura que Ana Julia se aprovechó de su padre, muy enfermo y hoy ya fallecido, al que, entre otras cosas, arruinó por completo.

A falta de una confesión formal y de determinar la motivación del asesinato de Gabriel, parece bastante claro que Gabriel le molestaba a Ana Julia, para su intención de trasladarse a vivir a la República Dominicana con Ángel, el padre de Gabriel y actual pareja de Ana Julia.

La crónica negra motivada por delincuentes que anteponen sus intereses personales a cualquier otra consideración es muy amplia. Lo que ocurre es que la mayoría de asesinatos cometidos por esta jauría se acaban tildando de ajustes de cuentas o de eliminación de testigos peligrosos. Porque los muertos no muerden.

Sin ir más lejos, hace unos pocos días un hombre cayó abatido por diez disparos, estando al volante de su coche en el municipio de mayor renta per cápita de toda España. Diez disparos tan profesionales que su pareja, que ocupaba la posición del copiloto, resultó físicamente ilesa. El hilo de la investigación va por el camino de pensar en un ajuste de cuentas, en alguien que no pagó las deudas contraídas con gentes peligrosas, o algún argumento parecido de serie negra.

Grandes traficantes de cualquier cosa ilícita, o capos de cualquier mafia, tienen sobre sus espaldas, sin duda alguna, asesinatos de terceras personas que atentaban a sus intereses personales o grupales. Es casi inevitable que cualquier persona realmente poderosa tenga algún esqueleto en el armario.

Lo que convierte al asesinato de Gabriel en un hecho mediático es que la (presunta) autora no es alguien poderoso, siempre rodeado de abogados, que frecuenta los juzgados, sino que podría ser la vecina de rellano, o quien nos precede en la cola de la panadería.

Y, por supuesto, que la víctima es un niño de tan solo ocho años, cuya única culpa, sin duda, era su mera existencia.

Porque, ¿quién puede matar a un niño?.

JMBA

jueves, 8 de marzo de 2018

BiB

Este pasado fin de semana he tenido ocasión de realizar un viaje casi relámpago a la región vinícola de Burdeos.

Había previsto salir el miércoles 28 de Febrero, para realizar una etapa previa por algunas de las denominaciones de origen del Grand Sud-Ouest (Tursan, St. Mont, Madiran, Cotes du Marmandais, Cotes de Duras,...). Pero tuve que suspender esa etapa, pues el miércoles 28 fue un día meteorológicamente muy complicado, con fuertes nevadas en muchos lugares y fríos extremos.
Cuadro esquemático de los viñedos del Sud-Ouest francés.

Finalmente, pues, salí el jueves 1, y volví a Madrid el domingo 4 de Marzo.

El leit motiv principal del viaje era visitar el Salon des Vignerons Indépendants, que se celebró de viernes a domingo en el Parc des Expositions de Bordeaux-Le Lac. Ya he visitado varias veces este Salón en París, pero esta vez aproveché la ocasión de que se celebrara más cerca de casa.

Este Salón es un espectáculo en sí mismo, que ningún aficionado al vino debería perderse. Tiene una clara orientación Grand Public y se centra en la degustación pero, sobre todo, en la venta de vinos (tranquilos, espumosos, blancos, rosados, tintos, destilados,...) de todas las regiones de Francia. En el Salón de Burdeos estaban presentes casi 400 pequeños productores.
Fuente de un vino tinto goloso, en cualquier rincón
de la cocina.
(JMBigas, Marzo 2018)

El visitante que sale de vacío lleva una caja de 3 ó 6 botellas en cada mano. Pero lo más habitual es ver salir del Salón a la gente con carretillas o carros (las llamadas "jaulas"), que presta la propia organización, donde llevan 4, 6 o hasta más de 10 cajas de vinos, camino del aparcamiento y el maletero de su coche.

Desde el punto de vista enológico, como pude reorganizé la ruta para abarcar prácticamente lo que había previsto en el origen, a pesar de disponer de un día menos. Con un desvío a la ida pude visitar la Cave de Tursan (en Geaune) y la excelente tienda de Plaimont en St. Mont. En una maratón, la mañana del viernes me levanté pronto y me desplacé hasta Beaupuy (Cave du Marmandais) y Duras (Maison des Vignerons de Duras). A la vuelta visité el Planète Bordeaux, en las afueras de la ciudad, para una provisión de los excelentes Bordeaux Rosé. Y, finalmente, el sábado por la mañana visité la Maison des Vins du Médoc, en Pauillac, para hacerme con media docena de botellas de los buenos tintos del Médoc (Saint Estèphe, Pauillac, Margaux, Médoc, Haut-Médoc,...). Intentando evitar, eso sí, los muy grandes vinos de la zona, que tienen precios prohibitivos.

Una de las conclusiones (enológicas) del viaje es ver cómo el formato BiB (Bag in Box) se extiende y, sobre todo, se dignifica. Normalmente, se comercializa en tamaños de 3, 5 ó 10 litros, o incluso más para usos en hostelería. Los de 3 ó 5 litros tienen unas dimensiones que permiten, en su caso, habilitarles un emplazamiento en el frigorífico doméstico, para disponer de una fuente de buen vino fresquito (blanco o rosado) en casa, para el uso cotidiano.

Cuando nacieron, los BiB tenían una pátina algo triste como sucesores de los denostados vinos a granel. Tradicionalmente, las grandes cooperativas vinícolas eran los principales productores de vino en BiB, para comercializar los vinos que no tendrían salida embotellados. Pero creo que se ha ido imponiendo la cordura, y hoy ya es posible comprar vinos dignos y correctos en estos formatos. Ya es irreemplazable para los vinos de la casa en los restaurantes, los vins en pichet. Y tiene un lugar muy destacado en el consumo doméstico. Sólo hace falta ver el gran espacio que se destina a ellos en las secciones de Bodega en hipermercados y grandes superficies. Al menos, en Francia.

Porque en España nos falta dar algunos pasos todavía. En las grandes superficies, su presencia es prácticamente residual, y, en general, no ofrece demasiadas garantías de lo que vamos a encontrar en su interior.

Hoy en Francia ya se pueden comprar vinos básicos (pero dignos y correctos) en un formato como el BiB que lo protege de deterioro durante al menos un par de meses desde su apertura. Es un envase que resulta económico y rentable, tanto para el productor como para el consumidor habitual. Se pueden comprar vinos de mesa correctos a precios en el entorno de los 2€/l (un nivel prácticamente inalcanzable para un vino embotellado).

Pero lo que es más importante es que ya se pueden comprar vinos de mayor nivel, sean IGP (Indicación Geográfica Protegida), AOP (Appelation d'Origine Protegé) o AOC (Appelation d'Origine Controlée), a precios muy competitivos, en el entorno de los 5-6€/l.

La extensión y dignificación del BiB permite poner a disposición del consumidor un abanico más amplio de productos de calidad, a precios muy competitivos.

Y, si vamos a la hostelería, ha permitido que, por primera vez, al menos en mi recuerdo, los restaurantes en Francia ya pueden proponer un vino digno y correcto de la casa (por vasos o en jarra - pichet -) a un precio que permite que ningún cliente deje de tomar vino en las comidas por motivos económicos. Ya he visto en muchas cartas de restaurantes populares el pichet de cuarto de litro (25cl) a un precio equivalente al de una cerveza o de la botella de medio litro de agua mineral. Por ejemplo, 4€ es un precio más que razonable para el pichet 25cl. Y deja, además, un buen margen al restaurante, que lo paga a 2-3€l y lo vende a 16€/l.

Y, para mí, la reválida es que por primera vez, un Château prestigioso del Médoc (Château Julia) que produce vinos en AOC Pauillac (a unos 25€ la botella de 75cl) y AOC Haut-Médoc (a 12€ la botella de 75cl), ha puesto en el mercado un BiB de 5 litros de vino tinto AOC Haut-Médoc al precio de 28€, es decir, 5,60€/l.
Encaje de un BiB de vino rosado en el frigorífico doméstico.
(JMBigas, Marzo 2018)

Si viajáis por la zona, no olvidéis que podéis comprar algún buen tinto a un precio muy competitivo. Le Petit Julia de 5l cuesta 28€ en la Maison des Vins du Médoc en Pauillac. Y tenéis también, en Grand Listrac, un goloso tinto en BiB de 5l, muy suave y fácil de beber, en AOC Listrac-Médoc, por 26€. Fuentes de buen vino en casa, para todos los días.

Desde mi punto de vista, creo que el BiB es un formato que deberá revolucionar el mercado. Es ideal para comercializar los ríos de vino que se producen en los extensos viñedos de La Mancha, por ejemplo (más de 300.000Ha) o del Languedoc (más de 200.000Ha). Pero es también una excelente solución comercial para dar salida a los segundos o terceros vinos de las bodegas más prestigiosas.

Sólo se requiere que todos superemos la cierta vergüenza que podemos sentir si asimilamos los BiBs a los antiguos graneles.

Para los restaurantes de Menú del Día, el BiB representa la mejor posibilidad de ofrecer a sus clientes un buen vino de la casa a un precio muy razonable. Desde luego, mucho mejor opción, incluso para la propia cadena sanitaria, que esas botellas de vino infecto, que llegan a la mesa ya abiertas y en cuyos trasvases en la trastienda no quiero ni pensar.

Para restaurantes de mayor nivel, es una posibilidad económica de proponer a los clientes vinos de calidad, con Denominación de Origen, en la cantidad más adecuada a cada caso, y a precios más que razonables, incluso contando con un buen margen comercial.

Para el consumidor doméstico habitual, el BiB constituye la mejor opción para disponer de un vino digno y correcto para beber todos los días, al mejor coste posible.

Y, para el productor, es seguramente la forma más económica de envasar y transportar el vino con un precio aceptado por el mercado que no soporte el embotellado convencional, con su correspondiente tapón de corcho y etiquetado. Además, no lo olvidemos, en un pálet de BiBs prácticamente sólo viaja vino, y no vidrio y aire, como es el caso en el transporte de cajas de botellas de vino.

Preparémonos para esta revolución, que nos llegará más bien pronto que tarde. De momento, en mi botín de este viaje ya hay varios BiBs de buenos vinos para poder beberlos de forma cotidiana y con comodidad.

JMBA

lunes, 23 de octubre de 2017

Discurso de Puigdemont (Propuesta)

(Esta es mi propuesta personal para el discurso que Carles Puigdemont, Molt Honorable President de la Generalitat de Catalunya, podría dirigir al Parlament de Catalunya en el Pleno del próximo jueves, 26 de Octubre de 2017).

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(Introducción habitual: Señora Presidenta,...)

En Septiembre de 2015, los diputados y diputadas de este Parlament fuimos elegidos por los ciudadanos de Catalunya en las correspondientes elecciones autonómicas, con el fin de aportar las mejores soluciones para aumentar el bienestar de nuestro pueblo.

Dos de los grupos parlamentarios, Junts pel Sí y la CUP/CC, que totalizamos 72 diputados en esta Cámara, la mayoría absoluta, coincidíamos en nuestros respectivos programas electorales en el objetivo de convertir a Catalunya en un Estado independiente. Entendimos que este resultado electoral era un mandato democrático del pueblo de Catalunya para que trabajáramos en esta dirección y con este objetivo. Y nos pusimos manos a la obra.

Intentamos iniciar un diálogo político con el Gobierno de España, teniendo como primer objetivo el conseguir realizar un referéndum pactado para refrendar de ese modo el mandato democrático que habíamos recibido. Ese diálogo resultó imposible, ya que el Gobierno de España, de forma reiterada, se negó a hablar de los temas de los que nosotros queríamos hablar. Cuando un diálogo resulta imposible, a veces se debe a que nos bloquean las palabras, a veces a que son las personas las que se bloquean.

Seguimos adelante con la tarea de realizar un referéndum, aunque fuera no pactado, para saber si los ciudadanos de Catalunya eran o no partidarios de que Catalunya se convirtiera en un estado independiente en forma de República. Lo anunciamos en Julio de este año, y el 6 y 7 de Septiembre, en este Parlament, aprobamos las dos leyes necesarias para dar cobertura al referéndum y para definir la legalidad que regiría en Catalunya de forma inmediata y transitoria hasta las correspondientes elecciones constituyentes, si el resultado del referéndum arrojaba más votos a favor del Sí que del No.

A la celebración de este referéndum se opusieron con todas sus fuerzas tanto el Gobierno de España como los diversos tribunales. Desembarcaron en nuestra tierra miles de efectivos de los Cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado. A pesar de las muchas dificultades, que todos ustedes conocen, y de que algunas fuerzas policiales desplegaron unos niveles de violencia gratuita e inadmisible contra la población civil que sólo quería votar, el referéndum pudo finalmente celebrarse. De su resultado ya informamos en su día en esta Cámara.

Pero debemos reconocer que las condiciones precarias en que tuvo finalmente que celebrarse, a pesar de los muchos esfuerzos de este Govern y de decenas de miles de ciudadanos voluntarios, no le otorgan las suficientes garantías para ser reconocido como tal por una democracia del siglo XXI ni por la comunidad internacional.

Algo habremos hecho mal cuando movilizamos a nuestro pueblo para votar el 1º de Octubre y no supimos, o no pudimos, garantizarle las suficientes garantías democráticas para que este referéndum pudiera ser aceptado por todo el mundo como tal.

A pesar de todo, entendimos reforzado nuestro mandato democrático por la abrumadora mayoría de votos Sí sobre los votos No recogidos en esa jornada.

Yo mismo, en la sesión plenaria de este Parlament del 10 de Octubre, asumí el mandato de que nuestro pueblo nos pedía mayoritariamente que Catalunya se convierta en un estado independiente en forma de república. Al mismo tiempo pedí la suspensión temporal de esta declaración, abriendo así un período de diálogo con el Gobierno de España. Nuestro objetivo era el de pactar y acordar los mejores términos que permitieran minimizar los muy graves efectos que podría tener una transición unilateral sin acuerdo de la otra parte.

Pero, de nuevo, este diálogo resultó imposible.

Alguna cosa habremos hecho mal cuando, una y otra vez, ha resultado imposible establecer un diálogo constructivo con el Gobierno de España.

Alguna cosa habremos hecho mal cuando cientos de empresas y compañías han trasladado su sede social fuera de Catalunya, huyendo de lo que perciben como inseguridad jurídica. Muchas de estas empresas fueron fundadas en Catalunya y algunas tienen un recorrido más que centenario a sus espaldas.

Alguna cosa habremos hecho mal cuando los líderes de dos asociaciones ciudadanas que nos han apoyado siempre lealmente en nuestra labor están actualmente en prisión preventiva y acusados del gravísimo delito de sedición.

Alguna cosa habremos hecho mal cuando llevamos meses forzando a nuestros ciudadanos a una movilización permanente que ya está provocando tensiones, nerviosismo, dudas, cansancio, desánimo y una más que evidente fractura social. Con el riesgo añadido de que en cualquier momento podría saltar una chispa que rompiera la actitud pacífica que siempre ha caracterizado a esta movilización.

Alguna cosa habremos hecho mal cuando estamos abocados de forma inminente a la suspensión del Govern de Catalunya y de sus instituciones autonómicas, que a nuestro pueblo tanto le ha costado desarrollar. Y todo ello apoyado por 250 diputados de los 350 que componen el Congreso de los diputados de España.

Podemos seguir pensando que el problema es que no nos entienden, pero debemos enfrentarnos con realismo a la situación actual. Tras profundas y largas reflexiones y consultas, hoy he venido a comunicar a este Parlament que ha llegado la hora de los sacrificios personales, para el bien de nuestro pueblo, al que no tenemos derecho a someter a más tensiones y dificultades.

Es por ello que, como President de la Generalitat, he decidido proceder a la disolución de este Parlament y a la convocatoria inmediata de elecciones autonómicas, en el convencimiento de que nuevos interlocutores pueden alumbrar nuevas soluciones. Esta misma tarde tendré el honor de comunicar esta decisión en el Senado de Madrid, que está estudiando la aplicación del artículo 155 de la Constitución, solicitada por el Gobierno de España, que quedará paralizada por esta decisión.

Muchas gracias.

sábado, 26 de agosto de 2017

Michel Bussi: Un escritor que secuestra a sus lectores.

Michel Bussi es un escritor francés, de algo más de 50 años, nacido y residente en Normandía.

(Autor: D. Ghosarossian)
Yo lo he descubierto este verano. Tenía un libro suyo ("Un avion sans elle") en mi colección de libros "por leer", lo recuperé y lo leí prácticamente de un tirón. Me apasionó, por su trama y por la forma que tiene el autor de irla desarrollando delante de los ojos atónitos del lector, que no puede abandonar la lectura hasta que llega a la última página y todas las múltiples esquinas quedan iluminadas.

En un reciente viaje a Burdeos, pude comprar otro par de sus novelas en Chez Mollat (una de las librerías más grandes de Europa): "Ne lâche pas ma main" y "N'oublier jamais". De nuevo ha sucedido, y las he devorado las dos conteniendo la respiración.

Estoy impaciente por hacerme con las demás que ha publicado (hasta casi la docena), así como la siguiente cuya aparición se anuncia para el próximo mes de Octubre.

Si os apasiona la novela negra, de tramas bien engranadas, en las que cada página abre una nueva incógnita, de las que no se pueden dejar hasta finalizarlas, entonces tomad nota de este nombre: Michel Bussi. Algunas de sus novelas han sido publicadas en castellano.

Como anzuelo adicional, os incluyo mi propia sinopsis de las tres que ya he leído (sin spoilers). Os puedo asegurar que no os decepcionarán.


"Un avion sans elle" ("Un avión sin ella").

En vísperas de la Navidad de 1980, un avión que cubre la ruta Estambul-París se estrella en el Mont Terrible, junto a la frontera franco-suiza del Doubs, en el este de Francia. Mueren todos sus ocupantes, pero se produce el milagro. Junto a los restos ardientes del avión se encuentra una canastilla con una niña de unos tres meses de edad, milagrosamente salvada de la catástrofe.

Pero a bordo del avión viajaban dos niñas de esas características. La primera era la hija de una pareja francesa de muy buena familia, residente en Estambul, que volvía a casa para pasar la Navidad. La segunda es la hija de una modesta pareja de Dieppe (en la costa normanda), a la que le había tocado el viaje en un sorteo. Hoy bastaría una prueba de ADN para deshacer el entuerto, pero eso no estaba disponible en 1980.

Se inicia una guerra sin cuartel, literalmente a muerte, entre las dos familias, lideradas por las respectivas abuelas, para demostrar que la niña superviviente es la suya. Una guerra que durará hasta que la niña alcance la mayoría de edad.



"Ne lâche pas ma main" ("No te sueltes de mi mano").

Una pareja francesa con su niña de seis años retoza complacida junto a la piscina de un resort de lujo en St. Gilles, en la Isla de la Reunión, en pleno Océano Índico. La mujer se levanta y dice que va un momento a la habitación. Pero nunca vuelve.

Con la esposa desaparecida y evidencias de lucha en la habitación, el marido es el sospechoso más probable para la Gendarmería de la isla.

Pero el padre, junto a su hija, inicia una huida imposible a través de la isla, perseguido por la más amplia operación policial jamás conocida en la Reunión. No tienen ninguna opción de escapar, pero finalmente consiguen llegar hasta la Anse des Cascades.



"N'oublier jamais" ("No olvidar nunca").

Jamal, un magrebí de La Courneuve, en el banlieu de París, con un pie ortopédico, disfruta de unos días de descanso en Yport, en la costa de Normandía. Una semana de estancia, que le tocó en algún sorteo, que se convertirá en una pesadilla para él.

A pesar de su discapacidad, una de sus ambiciones es la de participar alguna vez en la madre de todas las travesías alpinas en el Montblanc, por lo que cada una de las frías mañanas de Febrero sale a correr por la costa.

En lo alto del acantilado de Yport encuentra una bufanda Burberrys de cachemir rojo, enredada en una alambrada. La recupera y, un poco más adelante, encuentra a una chica bellísima, con el vestido destrozado, de pie al borde mismo del acantilado, que le amenaza con tirarse al vacío si da un paso más. Le lanza un extremo de la bufanda para que se agarre a ella, pero la chica da un tirón, se la arrebata y, a continuación, se precipita al vacío, cayendo en la playa, muchas docenas de metros por debajo.

Cuando Jamal llega junto al cadáver, ya hay dos testigos que paseaban por la playa. Pero también hay algo imposible: la chica lleva la bufanda perfectamente anudada en su cuello.

Jamal pasa a ser el principal sospechoso de haber empujado a la chica, quien sabe si tras agredirla y violarla.

Esta muerte recuerda a otras dos, sin resolver, que sucedieron en la misma zona diez años atrás, y el policía a cargo del caso bucea en los datos disponibles para cargarle a Jamal con los tres asesinatos.

Jamal no tiene más remedio que iniciar una fuga sin posibilidad alguna, en busca de la verdad, contando con la ayuda de Mona, una pelirroja que parecía conocerle, de la que se ha enamorado.

Sólo al final de la huida se hará la luz.

jueves, 8 de junio de 2017

París-Londres-Escocia (1977)

Viajar hace cuarenta años era, en lo fundamental, bastante parecido a lo que es viajar en este siglo XXI. Viajar es una de las mejores fórmulas conocidas para abrir la mente a nuevas perspectivas, para ser cada vez menos provinciano y localista y para, finalmente, darse cuenta de que, hasta en las antípodas, las personas aman a sus seres queridos, trabajan para buscarse una vida mejor, tienen que comer varias veces al día, aprecian lo que tienen cerca y tienen que dormir unas cuantas horas al día para recuperar la energía.
Inter-Raíl de Santiago, que lo ha
conservado hasta hoy. El mío se
extravió en alguna mudanza.

Pero en todo lo demás, en los detalles, viajar en los 70 era una práctica que se parecía poco o nada a cómo la abordamos hoy en día. no tenía nada que ver, es como si nos asomáramos al Pleistoceno Medio. Tendréis ocasión de daros cuenta de ello a lo largo de esta crónica.

En ese año académico 1976-77 estábamos estudiando en la Escuela de Ingenieros Industriales de Barcelona. Formábamos una pandilla de seis muy buenos amigos: Carles, José, Ignasi, Santiago, Ferran y yo mismo, JM. Durante el tercer curso empezamos a hablar de la posibilidad de organizar una especie de Paso del Ecuador, en forma de viaje al extranjero para el siguiente verano. El que iba a ser, por supuesto, nuestro primer viaje fuera de España.

Hace siete años ya publiqué una crónica parcial de este viaje, centrada en el trayecto París - Londres. Pero ahora que he recuperado el contacto de los Cinco supervivientes (desgraciadamente, Ferran falleció en plena juventud), es el momento de abordar una crónica completa de este viaje, que ya tiene muchas características de vintage.

Ferran no podía comprometerse para el verano, pues debía ayudar a sus padres en el bar familiar de Vilafortuny, cerca de Salou. Carles ya tenía un compromiso previo, en forma de intercambio universitario en algún lugar de Europa (no recuerdo bien si ese año le tocó Francia, Holanda o Bratislava, en la Checoslovaquia de entonces, la Eslovaquia actual). Así que quedábamos cuatro para ir preparando el viaje.

Decidimos llegar hasta Escocia. Como eran etapas inevitables, planificamos estancia en París y en Londres. Todo el viaje lo haríamos en tren, utilizando la facilidad del Inter-Raíl. Sé que el Inter-Raíl sigue existiendo, aunque sospecho que su formato ha variado sustancialmente. Entonces estaba limitado a menores de 23 años (pronto evolucionó hasta los 26, creo), y cubría buena parte del territorio europeo durante un mes. Los trayectos en el país de origen no estaban incluidos, y había que comprar un billete, aunque con un importante descuento, creo recordar que del 50%. Lo mismo sucedía con la mayoría de trayectos marítimos en ferry.
Cambio de la Guardia en Buckingham Palace
(S. Carranza, Julio 1977)

Yo me encargué de organizar la logística. En una época en que ni existían móviles ni, por supuesto, Internet, planificar un viaje, sin encargarlo todo a una Agencia de Viajes, era una tarea ardua, Tuve intercambios postales (sí, si, cartas con sellos que van, para las que se espera una respuesta en una o dos semanas) con los Ferrocarriles Franceses (SNCF) y con el British Rail, antes de que desapareciera como tal tras las privatizaciones impulsadas por el gobierno neoliberal de Margaret Thatcher en los ochenta. Y también con las Oficinas de Turismo de Francia y de Gran Bretaña. Previo pago de algún pequeño importe, y bastantes semanas de gestiones, conseguí hacerme con varios pesados tomos (antes del PDF existía el papel impreso como soporte de información) con los horarios completos de las dos redes ferroviarias y con guías de alojamientos disponibles en las zonas que queríamos visitar.
Big Ben y Houses of Parliament (Londres).
(JMBigas, Marzo 2003)

Tras evacuar diversas consultas con el grupo, fuimos afinando la elección de alojamientos y tuve más intercambios postales con varios Hostels en Londres y en París, y varios Bed and Breakfast en la zona de las Highlands que queríamos visitar, así como en el Lake District que, como casi nos venía de paso, decidimos hacer un pequeño desvío para visitar también un poco esa región.

Finalmente, conseguimos formalizar algo bastante parecido a una reserva en todos ellos, y teníamos claro el itinerario y los horarios de los trenes que queríamos tomar, aunque sólo habíamos comprado los billetes para los trayectos nacionales (de Barcelona hasta la frontera y viceversa). Para el resto habría que ir escribiendo a mano los sucesivos trayectos en el cuadernito en que se sustanciaba el Inter-Raíl.
Torre de Londres
(JMBigas, Agosto 2003)

Visto con la perspectiva del tiempo, debo entonar un cierto mea culpa. Cuando viajo, siempre me ha gustado tener todos los detalles al máximo bajo control, y reducir, en lo posible, las sorpresas a las fiestas de cumpleaños. Eso, ciertamente, da bastantes dosis de seguridad, pero le resta algo de aventura al conjunto. A veces me gusta pensar cómo hubiera sido la experiencia de llegar a Londres a las seis de la tarde sin alojamiento reservado, lo que me da un cierto vértigo. 

Más adelante, en los 80 y principios de los 90, hice, con diversos amigos, varios viajes en coche por Europa, y también alguno por Estados Unidos, básicamente sin ninguna planificación previa, a lo que fuera surgiendo. Junto a experiencias ciertamente positivas, puedo recordar algunos episodios mayormente enojosos. Un verano, por la Costa Azul, acabamos en una sórdida habitación oscura y piojosa por los arrabales de Niza, tras tantear docenas de hoteles, todos completos, y otra noche tuvimos que dormir en el coche, camino de Grasse, en un apartado de la carretera, con una fuente. Claro que luego, por la mañana, descubrimos la suerte que habíamos tenido, cuando fueron afluyendo a nuestra zona, para refrescarse y lavarse la cara, los que habían dormido en otros lugares sin fuente. En otra ocasión, por la costa de Normandía, petada de turistas, tuvimos que aceptar en Cabourg como alojamiento una especie de granero al que había que llegar con linterna. Incluso una vez, en Las Vegas, seguramente la ciudad del mundo con mayor densidad de plazas hoteleras, coincidimos con un Congreso Médico que tenía llenos todos los hoteles y moteles a 150 millas a la redonda. Nos tocó sobrevivir toda la noche de casino en casino, y por la mañana salir huyendo hacia Reno, donde sí conseguimos un hotel donde dormir toda la tarde de ese día.
Columna de Nelson en Trafalgar Square
(JMBigas, Agosto 2003)

Con ello os quiero decir que sí, que es verdad, que me pierde a veces el afán de planificarlo todo. Pero en ese pecado, como en la gran mayoría, por cierto, está la recompensa y la penitencia a la vez. He aprendido que el tiempo de planificar un viaje en casa, antes de salir, es barato, no tiene un límite definido, mientras que el tiempo en que uno está viajando es demasiado caro como para desperdiciarlo atendiendo a temas de logística básica.

Superada esta digresión, sigamos con los preparativos de ese primer viaje. Todos nos preocupamos de tener los pasaportes en vigor, y también de llevar encima las divisas que pensábamos podíamos necesitar en todo el viaje. Que yo recuerde, ninguno de los cuatro tenía una tarjeta de crédito, como, por otra parte, la inmensa mayoría de españoles de la época. Hubo que realizar gestiones bancarias previas para comprar una cierta cantidad de francos franceses y otra cierta cantidad de libras esterlinas. Con todo ese efectivo, más o menos escondido y más o menos protegido, tendríamos que lidiar durante el viaje.
Tower Bridge
(JMBigas, Agosto 2003)

En la actualidad, viajar a Francia, o a muchos otros países de la Unión Europea, no tiene ningún problema, pues utilizan los mismos euros que utilizamos todos los días en casa, y podemos pagar casi todo con plástico u obtener algo de efectivo en cualquier cajero automático. Gran Bretaña sigue utilizando sus libras, pero cuando viajo de vez en cuando a Londres, cojo la pequeña cantidad de libras que me sobró del anterior viaje, pago billetes, hoteles, comidas, etc. con tarjeta y, si lo preciso, obtengo alguna pequeña cantidad adicional de libras en billetes de cualquier cajero automático que encuentre allí por la calle. En alguna ocasión he llegado a realizar un viaje donde he gastado unos 2.000€ en total, y únicamente he utilizado 10€ en efectivo. Hace cuarenta años, esas cosas eran pura ciencia ficción.

Así nos plantamos a mediados de Julio, con el curso académico satisfactoriamente finiquitado, y a punto para iniciar el viaje los Cuatro Magníficos, todos entre los 19 y los 21 años.
Columna de Eros, en Piccadilly Circus.
(JMBigas, Marzo 2003)

Por esa época, la idea de que el equipaje puede moverse sobre ruedas era sólo un concepto alocado en la cabeza de algún diseñador. Como tampoco éramos amantes de las mochilas para echarse a la espalda, cada uno de nosotros acabó saliendo de casa con una bolsa o maletita de mano, que había que acarrear a peso, siempre que no tirara de nosotros algún medio mecanizado. Recuerdo perfectamente que mi bolsa era de náilon color naranja y que ya pesaba mucho más de lo recomendable al iniciar el viaje. Y como el equipaje lo carga el diablo, ya os podéis imaginar el panorama de mis muchos sudores a lo largo del viaje.

La víspera de la partida, prevista para el 14 de Julio, Ignasi cayó enfermo de anginas, con fiebres muy altas. Estuvimos evaluando la posibilidad de cancelar el viaje, pero el padre de Ignasi nos animó a seguir con lo planificado, y se comprometió a enviarnos a su hijo a Londres por avión dos o tres días después. No sé muy bien cómo lo hizo al final, pero lo cierto es que, efectivamente, el grupo de los cuatro se reunió de nuevo en Londres.
Una locomotora como esta tiraba del Cataluña Exprés.
(Fuente:railwaymania)

José, Santiago y yo iniciamos, pues, el viaje, tal y como estaba previsto, a las cuatro de la tarde de ese día de Julio desde la Estación de Francia de Barcelona. Mi padre me llevó hasta la estación, y creo que también la familia de alguno de mis compañeros les acompañó hasta allí. El Cataluña Exprés, que nos llevaría hasta la estación fronteriza de Cerbère, era un expreso de los de toda la vida, con una locomotora color plata al frente, y vagones marrones divididos en departamentos de ocho asientos para la 2ª clase (por supuesto, la nuestra), y un largo pasillo lateral.
Un tren parecido a este nos esperaba en los andenes
franceses de la estación de Cerbère.
(Fuente: trains-en-voyage)

Tres horas después, hacia las siete de la tarde, llegamos primero a Port Bou, la última estación española (bueno o catalana del sur) y luego, despacito, hasta Cerbère. Allí ya tuvimos que agarrar el equipaje, bajar del tren y realizar las correspondientes formalidades fronterizas y aduaneras, control de pasaportes y demás. Finalmente accedimos a los andenes de los ferrocarriles franceses, y allí estaba esperándonos la primera joya exótica del viaje: el Corail Côte Vermeille-Paris. A nuestros ojos, era un tren mucho más moderno que el que nos había traído hasta allí, y era el primer contacto con Francia, la sensación fuerte de irnos de casa, de verdad.
Vista aérea de la estación ferroviaria de Cerbère.
(Autor: Jordi Verdugo; Fuente: wikipedia)

Nos acomodamos en plazas sentadas de 2ª clase, dispuestos a pasar la noche como buenamente pudiéramos. El tren salió a su hora exacta, algo después de las ocho de la tarde. Como hablábamos entre nosotros habitualmente en catalán, en algún momento de la noche algún compañero ocasional de departamento nos preguntó si éramos rumanos, sin intuir que realmente éramos polacos. Hasta Perpignan, el tren hizo varias paradas (Banyuls y Collioure, entre otras), por algo el nombre del tren invocaba el nombre de la Côte Vermeille. Luego las paradas se fueron espaciando más: Narbonne, Carcassonne, Toulouse, Montauban (donde, por cierto, está la tumba de Manuel Azaña), Cahors, Brive-la-Gaillarde, Limoges, Châteauroux, Vierzon, Orléans y, finalmente, París-Austerlitz. Entre cabezada y cabezada, recuerdo haber visto la mayoría de esas estaciones, e igual todavía me olvido de alguna. Llegamos a la estación de Austerlitz en París exactamente a la hora prevista, las 7.47 de la mañana. Otra prueba de que estábamos fuera de casa y que ese país funcionaba bastante mejor.
Trenzado de vías de acceso a París-Austerlitz.
(Fuente: wikimapia)

Íbamos a enlazar directamente hacia Londres (ya nos pararíamos en París a la vuelta), y nuestro tren (bueno, el que había planificado como nuestra mejor opción) hacia Boulogne-Maritime salía de la Gare du Nord pasadas las diez de la mañana. Recuerdo que me di el capricho de tomar un café au lait en alguno de los bares de la zona de la estación, con un delicioso croissant de esos que cogías directamente de los boles puestos a disposición de los clientes, que han desaparecido en toda Francia, salvo quizá en algún café de pueblo, donde la clientela es conocida. Eso sí, como sigue siendo la regla, ausencia total de servilletas a disposición del público. Digo yo que un pueblo que inventó el bidé y los perfumes y que no tiene autoservicio de servilletas en los bares, es digno de toda sospecha de que la limpieza no está entre sus principales valores. También me llevé un susto monetario pues, al interesarme por una postal (de alguna forma había que reportar a casa el avance del viaje) me dijeron que valía quatre-vingt (realmente ochenta céntimos) que yo entendí como cuatro francos y pico y arranqué a sudar. 
En un ferry parecido a este cruzamos el Canal de la Mancha
(English Channel) entre Boulogne y Folkestone.
(Fuente: vortigernstudies)

Para llegar a la Gare du Nord tomamos la línea 5 del Metro, dirección Église de Pantin (hasta que en 1985 se inauguró la prolongación hasta Bobigny-Pablo Picasso). Directo, sin cambios, nueve estaciones. Por cierto, nuestras familias podían imaginar que estábamos en París, pero no tenían confirmación alguna de ello. Tened en cuenta que el inventor del WhatsApp no había ni siquiera nacido.

En esa época, el viaje en tren París-Londres tenía tres etapas. La primera, en un tren francés, nos llevó, en unas tres horas, hasta el puerto de embarque, en nuestro caso, Boulogne-Maritime. Allí pasamos el control de fronteras francés y embarcamos en un ferry de Sealink, dirección a Folkestone. Esa ruta, en viaje diurno, creo que duraba algo menos de dos horas. A bordo se podía agilizar el control británico de inmigración, pasando el correspondiente control de pasaportes, debiendo responder a varias preguntas, tras rellenar un impreso donde había que indicar una dirección durante nuestra estancia en Gran Bretaña.
En una de estas casas de Cranley Gardens SW7 3BD estaba
nuestro alojamiento en Londres.
(Fuente: Google Earth Street View)

La travesía fue bastante plácida. Al llegar a Folkestone, tocó de nuevo acarrear el equipaje, pasar el control aduanero (si ya se tenía el pasaporte sellado del barco, el proceso era mucho más rápido) y subir a un tren inglés que nos llevó hasta Londres, en algo así como hora y media. El vagón era de esos antiguos con muchas puertas que se abrían a mano, y cada grupo de cuatro asientos tenía su propia puerta de acceso. A su hora emprendimos el recorrido en dirección a London Victoria, donde acabamos llegando pasadas las seis de la tarde, hora británica. Un París-Londres de siete horas, frente a las poco más de dos que tarda en la actualidad el Eurostar que circula a alta velocidad y cruza el Canal de la Mancha por el Eurotunnel, hasta la modernísima estación de St. Pancras. O, por cierto, una travesía marítima de hora y media (mínimo) frente a los 35 minutos que se tarda en la actualidad en cruzar el Eurotunnel con el coche a bordo de uno de los trenes lanzadera.
Ignasi, José y yo mismo, tumbados en la hierba
de Hyde Park.
(S. Carranza, Julio 1977)

En Londres habíamos reservado cama en un garito llamado algo así como Abcone Youth Hostel, en Cranley Gardens, por la zona de South Kensington. No sé muy bien cómo llegamos hasta allí, pero el caso es que acabamos llegando. El tal Hostel era una pocilguilla regentada por pakistaníes, con poco orden y ninguna limpieza. Con un vago movimiento de la mano, el responsable nos indicó el camino hacia las habitaciones, y recuerdo que me tumbé en una cama junto a otra donde estaba durmiendo un motorista alemán que no se había quitado ni siquiera las botas. Eso sí, costaba unas pocas libras pasar la noche allí.

Por la mañana, en el desayuno (bastante espartano, a base de tostadas con mantequilla y mermelada y bebida caliente) el primer día pedí café. Aprendí rápido que, aunque no sea santo de mi devoción, más valía un té correcto que un café nefasto, y ya pedí té en todos los desayunos en Gran Bretaña de los días siguientes.
Santiago, entre los principales dirigentes de la época,
en el Museo de Cera de Madame Tussaud.
(S. Carranza, Julio 1977)

Estuvimos dos o tres días en Londres, durante los que anduvimos lo que no está ni escrito. Porque andando se ve mejor todo, y porque el Metro (o, para el caso, los autobuses, todavía peor) era un jeroglífico en el que resultaba prácticamente imposible orientarse si no se era nativo nativo. Además, no había un precio unificado, de modo que cada trayecto tenía su precio propio, y en las estaciones había largos paneles con la relación de estaciones a las que se podía viajar por 20p, y otra lista para los 30p. y así sucesivamente. Además, por el mismo andén circulaban (y circulan) trenes de diferentes líneas, por lo que realizar el trayecto deseado, sin errores y sin incurrir en ilegalidad tarifaria era tarea poco menos que imposible.

Recorrimos, pues, a pie, buena parte de la ciudad, y visitamos la Torre de Londres, los lugares principales del centro (Trafalgar Square, Piccadilly Circus, Hyde Park, Houses of Parliament, Big Ben, Westminster Abbey, etc.) y algún museo (creo que la National Gallery y no sé bien si también el British Museum, así como Madame Tussaud). Como no existía todavía la noria gigante, el London Eye, pues no tuvimos que tomar la decisión de si montar o no.
Escultura del Monstruo del Lago Ness, que sustituye al
monstruo real en las fotos de todos los turistas.
(JMBigas, Agosto 1995)

En algún momento se juntó al grupo Ignasi, que había volado directamente desde Barcelona, enviado por su padre.

Londres era, por entonces, un mundo muy aparte de la Europa Continental, y a años luz de la extremadamente provinciana España. Carnaby Street representaba una cierta modernidad, o progresía, no sé muy bien, que nos parecía bastante revolucionaria. Cerca de Piccadilly, recuerdo haberme metido en alguna sex shop (el propio concepto era para los españolitos de la época de un avanzado que tumbaba de espaldas). Como anécdota, recuerdo a una dependienta que intentaba convencer a un cliente, que deseaba comprar una película X, que cuando ya se ve todo, no se puede ver más.
Riberas del Loch Ness, en Inverness.
(JMBigas, Agosto 1995)

En algún momento también me metí en un Cine X donde, frente a la butaca, había una pequeña repisa para el cenicero (se podía fumar, por supuesto) y para una cerveza o una copa. De hecho, todos los convoyes del Metro tenían un vagón para fumadores (con visibilidad muy reducida por la espesa nube de humo) y se podía fumar sin restricciones en todas partes, incluyendo las estaciones. En fin, un puro atavismo de cuando fumar no era malo para la salud.

Para nosotros era un choque cultural que, junto con la comida, para beber, en todas partes te ofrecían té o refresco (Coca-Cola y así), pero el agua embotellada era un producto simplemente inexistente. Alguna vez que nos atrevimos a pedir agua, nos miraban extrañados y nos decían que si del grifo o qué.
Ribera del Loch Ness. Se puede ver una de las bicicletas
que alquilamos para dar el paseo.
(S. Carranza, Julio 1977)

Porque, claro, para vender alcohol (cerveza, vino), los locales debían tener una licencia especial, que muchos no tenían. Por entonces yo no era muy aficionado a la cerveza, pero los pubs, que servían alcohol de todas las graduaciones, tenían un horario muy restringido. Quizá fue uno o dos años después que volví a Londres, esta vez con Ferran, poco antes de que un tumor cerebral se lo llevara por delante en plena juventud. Un amigo suyo nos invitó a una barbacoa multitudinaria en uno de esos sótanos con patio trasero que son bastante habituales en Londres. Había vino francés peleón, de tetra brik (o así), y acabamos muertos y más que borrachuzos. Dormimos como pudimos en sacos de dormir por la casa. De noche, me levanté para ir al servicio y a la vuelta, palpando, me metí en el primero que encontré, que acabó siendo una mortaja de hospital, pues uno que vivía allí trabajaba en un hospital de Londres. Muertos, por la mañana, sonó Diana como a las once, con la indicación de que debíamos darnos prisa para ir al pub antes de que cerrara a la una de la tarde. Creo que es la única vez en mi vida que en un pub me pedí un refresco, pues era incapaz de trasegar una cerveza con la resaca que llevaba encima y prácticamente en ayunas. No fue sino muchos años después, en una boda en Orense, que aprendí que una (dos, tres,...) cerveza(s) son el mejor remedio conocido para cuidar la resaca.
El Ben Nevis (elev. 1345m), se intuye entre las nieblas,
desde Fort William.
(S. Carranza, Julio 1977)

Mi salvación gastronómica en Londres fue algún restaurantito italiano familiar por el West End, donde se podía comer por un precio asequible una pasta decente y hasta un escalope milanesa, con una jarra de vino (peleón) italiano, vertido directamente desde uno de esos bottiglioni gigantes (no sé si de 3, 5 o más litros). Un tipo de envasado que ha sido sustituido completamente por el llamado BiB (Bag in a Box).

Con ampollas en los pies de tanto andar, pasaron los dos o tres días que dedicamos a Londres, y llegó el momento de tomar el tren que nos debía llevar hasta Inverness, en las Tierras Altas escocesas. Habíamos previsto tomar el tren nocturno, el Royal Highlander, desde la estación de Euston. Al llegar allí, descubrimos que el tren no tenía plazas sentadas, sino sólo departamentos de coche-cama. Y, claro, el Inter Raíl no nos permitía ocupar uno de esos. Tuvimos que pagar un suplemento de unas poquitas libras (la verdad es que en ese momento hasta nos pareció barato) por dos departamentos con dos camas cada uno, un lavabo en la esquina, al levantar la mesa rinconera, y un WC al final del pasillo exterior.

Por la mañana, en ese lavabo, por partes y con cierto orden, conseguí casi completar una ducha oficial.
Banda de Gaiteros en Fort William.
(S. Carranza, Julio 1977)

En Inverness habíamos reservado un Bed and Breakfast en una casa algo apartada de la estación. Recuerdo una larga caminata, acarreando el equipaje a peso, por supuesto. Nos recibió una señora muy amable, que nos enseñó las dos habitaciones y nos invitó a tomar el té a las cinco en punto de la tarde, y nos indicó el horario del desayuno para la mañana siguiente.

Alquilamos unas bicicletas, y nos dimos algún paseo por las riberas del Loch Ness, atisbando al monstruo que, como todos los miles de personas que visitan Inverness cada año, por supuesto no vimos. La verdad es que nunca he tenido una forma física atlética. Los años, una vida sedentaria, el sobrepeso y un prolongado hábito de fumador no han hecho más que empeorar las cosas, pero incluso a mis 19 años no estaba en muy buena forma física. De forma que recuerdo que, a bordo de las bicicletas, yo siempre cerraba el grupo, a cierta distancia del siguiente, y tenía que parar de vez en cuando, para recuperar el resuello, ralentizando al grupo, lo que provocaba el enojo especialmente en José, que se había erigido en el líder del pelotón.
Niñas de Fort William, saludando a los Forasteros
(que éramos nosotros)
(S. Carranza, Julio 1977)

No sé si estuvimos uno o dos días en Inverness (al este de las Highlands), pero luego teníamos que ir a Fort William, en el oeste. Por carretera es un trayecto de unas 65 millas, que se podría realizar en coche en algo más de hora y media. Pero nosotros íbamos de tren, por lo que me parece que tuvimos que dar un rodeo, una uve gigante, que nos llevó casi el día entero, con cambio de tren en Stirling y no sé si incluso llegando hasta Glasgow Queen Street y hacia el norte de nuevo.

Fort William (pop. 9908 en 2001) es un pueblecito precioso de las Tierras Altas escocesas. Me acuerdo de las partidas de mini golf que jugamos en una cancha municipal que estaba muy cerca de la estación. Allí habíamos reservado habitación en otro B and B, del que no recuerdo nada.
Santiago con el Loch Shiel de fondo,
en el Glenfinnan Monument.
(S. Carranza, Julio 1977)

Entre persistentes nieblas, desde Fort William pudimos ver el relativamente cercano Ben Nevis, que es la montaña más alta del Reino Unido con sus 1.345 metros de altitud.

Creo que en autobús fuimos hasta el Glenfinnan Monument (a unas 20 millas de Fort William), una torre ubicada en las riberas del Loch Shiel, dedicada a los hombres del clan Jacobita, que lucharon valerosamente y murieron defendiendo la causa del Príncipe Carlos Eduardo Estuardo.

Desde Fort William habíamos previsto una visita a Windermere, en el llamado Lake District, en tierras de Cumbria. Tomamos un primer tren hasta Glasgow Queen Street. Allí nos permitimos uno de los pocos lujos del viaje, y nos metimos los cuatro y el equipaje en un taxi, que nos llevó hasta Glasgow Central, de donde salían los trenes hacia el sur.
Ajeno a la bromita de Ignasi, yo mismo en el Glenfinnan
Monument, junto al Loch Shiel.
(S. Carranza, Julio 1977)

Tomamos uno, probablemente con destino a Londres, tras asegurarnos de que tenía parada en Oxenholme. Allí tomamos otro trenecito, que parecía un camión sobre raíles, para llegar tras algo más de media hora, a Windermere. Recuerdo que llegaríamos ya por la tarde, y pasamos el siguiente día completo allí. Habíamos reservado otro B and B, en el que otra señora también nos trató con mucha amabilidad.

Alquilamos de nuevo unas bicicletas, y nos dimos algunos paseos alrededor del Lago Windermere, rodeado por unos paisajes idílicos.
Desafiando la persistente llovizna, junto al
Lago Windermere, en el Lake District.
(S. Carranza, Julio 1977)

Llegó ya el momento de la vuelta hacia París. Tomamos de nuevo el camión sobre raíles hasta Oxenholme y, desde allí, un tren hasta London Euston. No recuerdo bien cómo fuimos desde la estación de Euston hasta la de Victoria, pero probablemente fuera en el Metro.

A estas alturas, creo recordar que había conseguido hablar con mi casa por teléfono una vez, desde una de esas cabinas rojas que ya son piezas de museo, armado con una provisión de monedas y superando bastantes problemas técnicos. También había enviado alguna postal por correo, pero seguramente acabó llegando a casa más tarde que yo mismo.
El Windermere Lake, desde un globo aerostático.
(Fuente: lakedistrictballoonrides)

Para el viaje Londres-París, esta vez, habíamos previsto el viaje nocturno, para llegar a París por la mañana. La travesía marítima era desde Dover hasta Dunquerque. Entre que la distancia era más larga y que por la noche los buques avanzaban con más lentitud, creo que estuvimos unas cinco horas a bordo del barco. Había, quizás, un par de vagones de coche-cama (que no eran, por supuesto, los nuestros), que montaban directamente en el barco, y en destino se enganchaban a un tren francés para llegar a París sin que los pudientes viajeros hubieran tenido que abandonar sus camas.

Pero, para la plebe, y esta vez a horas francamente intempestivas. el trayecto nos obligó de nuevo a acarrear el equipaje varias veces. Primero en Dover, más o menos a medianoche, para ir desde el andén de la estación ferroviaria de los muelles hasta el barco. Y luego, lo mismo en Dunquerque, como a las cinco o seis de la mañana. Eso sí, recuerdo algún momento asomado a la borda y disfrutando de la noche del Canal, a la luz de la Luna, en una escena que fue casi de película.
En alguna casa de esta rue Jean-Jacques Rousseau
estaba nuestro alojamiento en París.
(Fuente: Google Earth Street View)

Finalmente llegamos a la Gare du Nord de París a las ocho o nueve de la mañana. Allí habíamos reservado camas en un garito de la rue Jean Jacques Rousseau, una calle estrecha del 1er. Arrondissement, entre el Louvre y la Bourse. Otra vez unas habitaciones compartidas con camas ocupadas por unos u otros con cierto descontrol. Recuerdo haber tenido allí una charla algo contradictoria con un estadounidense pelirrojo, de unos veintipocos años, revolucionario y antiimperialista, hasta que le tocabas el tema de la Coca-Cola o el Marlboro, que le parecía fenomenal que lo pudiera consumir en cualquier lugar del mundo al que viajara.
Notre Dame desde la Rive Gauche.
(S. Carranza, Julio 1977)

Durante el par de días que estuvimos en París no pudimos visitar el Louvre, pues los funcionarios del Ministerio estaban, casualmente, de huelga. Pero sí fuimos a todos los lugares más emblemáticos de la Ciudad Luz, como la Tour Eiffel, las Tullerías y los Campos Elíseos, el Sena y el Barrio Latino, Notre Dame, Pigalle y Montmartre con su Sacré Coeur, etc. Allí sí utilizamos mucho el Metro, que nos resultaba mucho más fácil de entender y seguir que el de Londres.

Por los bulevares de Pigalle visitamos, por la novedad, alguna sex shop, y recuerdo también una visita al Axis, un sórdido cine X que estaba en el mismo bulevar. Tuvimos que esquivar, por supuesto, a los porteros de los infinitos cabarets de la zona, que chapurrean todas las lenguas del mundo.
Arco Triunfal en la Place du Caroussel,
Complejo del Louvre.
(S. Carranza, Julio 1977)

En comparación con lo extraña que nos había sonado toda la gastronomía en general por Inglaterra y Escocia (con su fish and chips como plato estrella), en París todo nos pareció como bastante más próximo, aunque ciertamente caro en muchas ocasiones, especialmente para nuestras mermadas economías.

Y finalmente llegó el día de la vuelta a casa, simétrica respecto a la ida. Salida de la Gare d'Austerlitz como a las nueve o diez de la noche, muchas horas de traqueteo por el centro de Francia, de nuevo en los que entonces eran nuevos vagones Corail, y llegada a Port Bou como a las diez de la mañana. Tras los correspondientes trámites fronterizos y aduaneros, tomamos el Cataluña Exprés dirección a Barcelona, donde acabamos llegando, si no recuerdo mal, hacia las dos de la tarde. En la Estación de Francia nos esperaban nuestras respectivas familias, despedidas y Fin del Viaje.
Sacré Coeur de Montmartre
(JMBigas, c. 1990)

La verdad es que para un primer viaje al extranjero fuimos muy ambiciosos, para la época, claro. Pero la verdad es que todo salió más o menos como lo habíamos previsto, y pudimos disfrutar mucho de todas las partes del viaje. De otra parte, supimos hacer frente con entereza a los pequeños sinsabores que inevitablemente jalonan un viaje de este tipo (como la persistente llovizna en el norte, por cierto). Yo le pillé el gusto al Inter-Raíl, y lo utilicé los años siguientes para moverme por muchos lugares, desde Roma hasta Copenhague, pasando por Holanda, Bélgica o Alemania.

Para ilustrar esta crónica he utilizado todas las fotos significativas disponibles originales del viaje de 1977 (cortesía de Santiago Carranza, que creo fue el único que llevó una cámara de fotos, de carrete, por supuesto). Como son muy poquitas lo he completado con otras fuentes, como algunos viajes míos posteriores a los mismos destinos, y la fuente inagotable de Internet.

Podéis también leer algunas crónicas concretas que he dedicado a París (Sacré Coeur, Tour Montparnasse, Jardin du Luxembourg, bateaux mouches) y a Londres (The Shard, Little Venice, Chelsea Harbour, sus calles, teleférico de las Docklands, el Londres Olímpico, el Borough Marketel Brixton Market), así como a Gales, al West Country, a Stonehenge, a Belfast, a la lanzadera del Eurotunnel y a Irlanda.

JMBA